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En los últimos años Colombia ha enfrentado escenarios internacionales hostiles en materia laboral, particularmente por temas sindicales y de sus relaciones colectivas de trabajo. Fue la OIT la que empezó hace ya varias décadas a llamar la atención al Estado colombiano por los asuntos laborales, lo cual tuvo eco en las relaciones comerciales y negociaciones de importantes acuerdos comerciales, como ha sido el caso de los tratados de libre comercio con los Estados Unidos y Canadá.

La advertencia ha seguido; recientemente, con ocasión del trámite de ingreso de Colombia a la OCDE, es esta importante organización la que vuelve a poner el dedo en la llaga al señalar que “la baja afiliación sindical en Colombia se debe a varios factores, incluyendo la segmentación del mercado laboral, violencia contra miembros y líderes de sindicatos y repetidas violaciones de la libertad y derechos de asociación”; para superar esta situación plantea la OCDE unas “recomendaciones” para desarrollar un marco constructivo de diálogo social y reforzar la negociación colectiva de trabajo. Al igual que con el TLC con Estados Unidos, también ha sido el asunto laboral uno de los más álgidos en el proceso de ingreso ante la OCDE, el selecto club de mejores prácticas en materia de buen gobierno y políticas públicas.

En el ámbito doméstico, con la firma del acuerdo de paz con las FARC y su conversión en partido político, es predecible que uno de los frentes de acción de ese nuevo movimiento político sea el escenario de las relaciones de trabajo, en donde buscará este grupo de presión encontrar trabajadores afines a su causa, que no es otra que la de todo partido político: llegar al poder. Es probable entonces que en los propios años la presión sindical crezca y la conflictividad laboral aumente.

Indiscutiblemente Colombia debe evolucionar sus relaciones colectivas de trabajo, pero ello sólo será posible si gobierno, empresas y sindicatos replantean algunas de sus concepciones básicas en la materia. Todos los actores deben adaptarse y prepararse para nuevos tiempos. El gobierno podría, por ejemplo, hacer una gran contribución dándole orden y seguridad jurídica a la regulación de las relaciones colectivas de trabajo, fracturada y fragmentada al compás de decisiones de las más altas Cortes y del propio gobierno nacional, varias de ellas nada afortunadas.

Sin embargo, la responsabilidad mayor está en cabeza de los propios actores principales de la relación colectiva de trabajo: empresas y sindicatos. Es a estos a quienes corresponde impulsar la evolución de sus relaciones, pasando de la confrontación a la cooperación, tal como lo soñaron los redactores del código sustantivo de trabajo a mediados del siglo pasado. Es necesario entender por fin que la guerra fría acabó y que hay que ser fieles a las ideas, pero no rehenes de la ideología política; desprenderse de pasiones y extremismos que invitan a la exclusión del otro, aprender a construir relaciones desde el respeto a la diferencia, desarrollar confianza, conseguir consensos en torno a compromisos compartidos y convivir civilizadamente con diferencias que subsistan, son varios de los retos en esta nueva epoca.

Ahora más que nunca, sindicatos y empresas requieren de nuevos liderazgos, audaces y visionarios, en estos asuntos, que han adquirido una relevancia superlativa a nivel global. No es sostenible, ni legítima, la misma estrategia con que muchas empresas y sindicatos han venido guiando sus relaciones colectivas de trabajo; el mundo es otro, el país es otro y, lo más importante, los trabajadores, que han de ser siempre el centro de la relación laboral, son otros. Con ese nuevo liderazgo se podría pensar en un pacto social por el desarrollo sostenible de Colombia, desde el crecimiento empresarial y el respeto a los derechos fundamentales, como palancas principales de un nuevo modelo de relaciones colectivas de trabajo.

Pero una nueva estrategia de relaciones colectivas sólo puede ser construida si primero hay un sincero ejercicio de autocrítica y reflexión serena, lleno de humildad y compromiso para intentar, si es del caso, nuevos caminos y maneras de relacionarse, desde la buena fe y el respeto al ejercicio responsable de las facultades y derechos de cada uno. Es ese espacio de reflexión y cuestionamiento el que se requiere para que muchos sindicatos (como en todo, no es sana la generalización) se pregunten, por ejemplo, por qué no han dado cumplimiento al mandato legal en virtud del cual es función principal de todos ellos “propulsar el acercamiento de patronos y trabajadores sobre las bases de justicia, de mutuo respeto y de subordinación a la ley y colaborar en el perfeccionamiento de los métodos peculiares de la respectiva actividad y en el incremento de la economía en general”. González Charry escribió hace bastantes años “el desarrollo económico del país, y sobretodo su avance hacia un desarrollo equilibrado, exige cada día más un equipo de líderes sindicales que conozca seriamente y a fondo los problemas económicos, tanto del sector público como del privado”.

Por su parte, muchas empresas podrían preguntarse que más pueden hacer para realizar el sueño de “lograr la justicia social en las relaciones que surgen entre patronos y trabajadores, dentro de un espíritu de coordinación económica y equilibrio social”, sobre todo en un país que, como el caso de Colombia, se caracteriza por su profunda y estructural desigualdad.

Creo también que para que las relaciones laborales colectivas evolucionen se requiere, como complemento necesario, de abundante, pertinente y permanente educación de sindicatos y empresas, e incluso del propio Estado. Aunque cada actor es autónomo para invertir en capacitación, el Estado podría ayudar desde la regulación para forzar la realización de programas de capacitación, en los que se desarrollen habilidades para un mejor relacionamiento. Las empresas deberían ser las primeras interesadas en que el sindicato, si existe, tenga el más alto nivel de preparación posible, para que cumpla bien su papel y esté a la altura de sus ideales y responsabilidades; en este sentido, conviene mucho a las empresas invertir en la buena capacitación de los sindicatos, para que no sigan siendo los empleadores víctimas de un sindicalismo desenfocado, mediocre e, incluso, ignorante. También las empresas han de interesarse en elevar continuamente el nivel y calidad de su propio liderazgo y la formación de sus jefes.

La nueva realidad, global y local, demanda dar prioridad estratégica a la evolución y desarrollo de las relaciones colectivas de trabajo. Vivimos una época diferente que invita a un liderazgo que tome la iniciativa para que las relaciones laborales, en lugar de ser el palo en la rueda, sean el acelerador que impulse con decisión y seguridad a la sociedad colombiana hacia escenarios de mayor bienestar y crecimiento sostenible. Reflexión, liderazgo y educación son palabras clave.