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El contrato individual de trabajo, tal como lo conocemos hoy día en la legislación colombiana, amerita una reflexión serena y abierta que, si es del caso, lleve al rediseño de varias de sus instituciones, para adecuarlo a la realidad social, para que cumpla su rol de ser instrumento regulador en la era digital, en vez de talanquera que impida la generación de empleo de calidad y obstáculo para la realización de las personas.

El trabajo, como actividad individual y fenómeno social, viene evolucionando a la par de la sociedad; hay nuevas manifestaciones sociales que reclaman novedosas concepciones y progresistas regulaciones, sin detrimento de la dignidad de la persona y sin perder de vista la finalidad última de la legislación laboral: lograr la justicia social en las relaciones laborales, dentro en un espíritu de coordinación económica y equilibrio social.

Hoy día, en la era digital, en la cuarta revolución industrial, en la época de declive de las jerarquías y el ascenso de las relaciones horizontales, de las redes colaborativas, de los equipos ágiles, de los puestos orientados al desarrollo personal del trabajador y no a la seguridad plena en el empleo, cabe preguntarse acerca de la validez y significado de varios de los supuestos que soportan la concepción clásica del contrato de trabajo.

Uno de los supuestos que llama la atención en el diseño legal vigente del contrato de trabajo y que vale la pena revisar es el contenido excesivamente individualista de las obligaciones a cargo del trabajador. No en vano se denomina contrato individual de trabajo. Nuestra legislación refleja una concepción fuertemente individualista de la relación laboral, reforzando una característica cultural histórica de los colombianos: la dificultad para cooperar, para acordar y luchar por propósitos superiores, por encima del interés individual. Mientras el mundo del trabajo avanza velozmente hacia la colaboración, la concepción legal de la relación laboral refuerza la primacía de lo individual. Esto es una inconveniente y preocupante contradicción.

Al examinar las obligaciones especiales del trabajador que consagra el Código Laboral Colombiano, por ejemplo, no se encuentra una sola que establezca el deber que tiene todo trabajador dependiente de cooperar y colaborar con los demás empleados para conseguir los objetivos propios del negocio para el que se trabaja. Esto no es un vacío menor, habida cuenta de que la empresa es, ante todo, una comunidad de personas que se juntan para lograr fines comunes. Es recomendable subsanar tal defecto incorporando al contrato deberes de cooperación y colaboración a cargo del trabajador; ello enviaría un importante mensaje a la comunidad laboral, generando solidaridad, cohesión y compromiso con propósitos superiores. Los responsables de gestionar el talento al interior de las empresas tienen una gran oportunidad para agregar valor y transformar la cultura individualista, promoviendo la colaboración y el sentido de equipo.

Con razón uno de los principales problemas y quejas que se encuentran comúnmente en las empresas es la dificultad para trabajar en equipo. Mientras que la revista The Economist afirmaba en 2016 que “los EQUIPOS se han convertido en los pilares básicos de las organizaciones”, un estudio por ella adelantado encontró que “El manejo de equipos es un reto para los ejecutivos hoy. Solo 12% de los ejecutivos consideran que entienden la forma en que la gente trabaja en conjunto, y solo 21% se siente seguro de su habilidad para construir equipos multidisciplinares efectivos.” (The Economist, Marzo 2016 Team Spirit).

En un mundo interconectado, en una sociedad de redes, en donde la capacidad de construir efectivas relaciones sociales es uno de los factores clave del éxito personal y empresarial, una concepción puramente individualista de la relación laboral es insuficiente, irreal e inconveniente. Insuficiente porque no estimula el logro exitoso del propósito del negocio o empresa; irreal porque la sociedad hoy funciona distinto; e inconveniente porque eleva muros que impiden la cooperación entre las áreas que integran la empresa.

Esta reflexión sirve para una pregunta: ¿qué se está haciendo desde la educación, en colegios y universidades, para enseñar habilidades colaborativas? Los seres humanos tenemos una inclinación natural a la cooperación para la supervivencia y el desarrollo, pero la educación tradicional olvida esto y se enfoca en el aprendizaje y desarrollo individual del estudiante, dejando de lado importantes virtudes sociales como la cooperación, la solidaridad, la tolerancia y la capacidad de construir acuerdos entre diferentes. No recuerdo, por ejemplo, clases en que nos enseñaran a trabajar en equipo; se creía ingenuamente que poner tareas en grupo era suficiente. Luego, cuando el estudiante acaba sus estudios y el profesional va al mercado laboral, la empresa padece los efectos de esas carencias, reflejado en dificultades para interactuar, conflictos frecuentes y pobres resultados; y, más adelante, cuando ese estudiante se vuelve ciudadano, la sociedad es víctima de la indolencia e indiferencia ante lo que sucede con los demás, pues ese nuevo “ciudadano” sólo piensa en la satisfacción, a cualquier precio y por encima de todo, de sus intereses individuales. Cría cuervos y te sacarán los ojos, dice el refrán.

Por el bienestar de la sociedad vale la pena evolucionar hacia una concepción cooperativa del contrato de trabajo y conviene mucho incorporar en el sistema educativo el aprendizaje temprano de habilidades para la cooperación y la colaboración, a todo nivel, al igual que en los programas de formación empresarial. Son habilidades cada vez más importantes para el mundo del trabajo en la era digital.

Bogotá, Julio de 2018.