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Además del cumplimiento de obligaciones formales en materia de salud se requiere un esfuerzo consciente para desarrollar sanas relaciones en las empresas, fundadas en valores como el absoluto respeto a la dignidad humana, el buen trato, la igualdad de oportunidades, la justicia en las decisiones, el cuidado de la seguridad y el crecimiento profesional.

El reconocido médico y profesor Fernando Sánchez Torres escribió hace algunos años: “Siendo médico, cifro la felicidad principalmente en la plena posesión de la salud, que es la mejor cosa buena, el bien mayor de todo ser humano”. Si desde el lugar de trabajo se quiere impulsar la felicidad de las personas hay que promover la salud de los trabajadores y la construcción y conservación de empresas sanas.

Empresas sanas y vitales son el resultado de la salud física y emocional de quienes en ellas laboran y de quienes con ella se relacionan, más allá de un contrato de trabajo. La calidad del ambiente de trabajo y de las relaciones profesionales, individuales y colectivas, determina el estado de salud empresarial. No basta cumplir con la obligación de afiliar a trabajadores y contratistas  al sistema general de seguridad social para lograr sitios de trabajo  saludables. Además del cumplimiento de obligaciones formales en materia de salud se requiere un esfuerzo consciente para desarrollar sanas relaciones en las empresas, fundadas en valores como el absoluto respeto a la dignidad humana, el buen trato, la igualdad de oportunidades, la justicia en las decisiones, el cuidado de la seguridad y el crecimiento profesional. Es lo que la OIT llama trabajo decente.  Un elemento fundamental para ello es el estilo de liderazgo que muestran quienes tienen la suprema responsabilidad de gobernarla y dirigir las personas que para ella laboran. Esto, además, es condición no solo para la sanidad de la empresa sino para su propia sostenibilidad.

No hay cosa que refleje con mayor elocuencia la cultura de una empresa que el estilo de liderazgo de sus directivos y jefes. No en vano el popular dicho “dime que líderes tienes y te diré en donde trabajas”. Empresas sanas son sinónimo de culturas saludables, vitales y atractivas, con las que el buen talento quiere relacionarse y permanecer en ellas. Por ello es muy conveniente que desde la gestión del capital humano se dé la importancia requerida a programas encaminados al desarrollo y consolidación de sanos y eficaces estilos de liderazgos, formando líderes ejemplares, quienes antes de buenos jefes sean excelentes seres humanos, que inspiran y movilizan a sus equipos con la irresistible fuerza de su propio ejemplo.

De la misma manera como las personas se practican “chequeos ejecutivos” anuales para evaluar su salud, conviene a las empresas evaluar regularmente su estado de salud midiendo su ambiente laboral y la calidad de su liderazgo. Por fortuna cada es mayor el número de empresas que incorporan a sus prácticas de capital humana este hábito. Pero la gracia no está en hacerse “el chequeo” sino en tener la decisión y disciplina para cambiar costumbres y renovar prácticas para recuperar o mejorar la salud; se requiere de todo el compromiso de la alta dirección para hacer tales cambios, empezando con las mejoras de liderazgo, que pueden implicar tratamientos para recuperar la salud e inclusive el retiro del sistema de elementos tóxicos para el organismo; estas medidas pueden ser dolorosas pero necesarias para la salud corporativa. Acá es donde muchos fallan, consiguen la claridad y certeza del diagnóstico pero carecen de la voluntad para el tratamiento, asumiendo el riesgo de que la salud empeore, de que el cáncer haga metástasis, como suele suceder.

Buenos líderes y sanas culturas son la mejor receta para cuidar la salud del sitio de trabajo y prevenir fatales enfermedades corporativas. Como con las personas, es mejor prevenir enfermedades con sanos hábitos de vida que soportar el elevado costo de graves enfermedades